
Creo en el cambio pero dudo delolvido. Que más puedo hacer si sobreviví a los 90. Aunque sea parte de unageneración mezquina y oscura, no puedo ocultar que dicha época trajo fuertes trasformaciones, no todas buenas.
El efecto “bisagra” era una realidad innegable en aquel tiempo, porello muchos deseaban comprender la globalización, fenómeno que empezó a ser unrito colectivo gracias a la televisión por cable.
Por extraño que sea, mientras miles de adolescentes veían en MTV elenojo de músicos como Kurt Cobain y Eddie Vedder; el Congreso de los Estados Unidos pensaba en ajustar todas las economías del mundo tras el fin de la“guerra fría”.
Si bien fue doloroso pensar que el mundo era ordenado desde Washington, no menos traumático fue sentir que la conciencia de millonesterminó colonizada por el consumismo, del mismo modo que los niños latinos jugaban Nintendo hasta que ver un 'game over' en el horizonte.
Bajo esta dinámica el mundo aprendió a ver sus tragedias sin asombro alguno. De ahí, que en 1991 la Guerra del Golfo brillo más por ser un espectáculo mediático, que por la división que creo entre los países árabes, circunstancia que aprovecharon las potencias occidentales para atacar a Irak, que bajo elgobierno de Saddam Husein había invadido a Kuwait.
Más tarde, en 1993 con el nacimiento de la Unión Europea –UE–, el mundo tuvo un nuevo bloque político y económico que ignoró las tradiciones de sus pueblos en nombre de la integración monetaria.
Frente a dichos cambios, ¿Pudieron ofenderse nuestros padres, como un político, ante nuestro irrevocable malestar?, tal vez si, pero ellos tenían a su favor el olvido y la represión del neoliberalismo.
Si bien el sarcasmo no sanó las heridas sociales en el pasado, es imposible ignorar que según el Banco Mundial los 90 dejaron a América Latina como la región con mayor desigualdad social del planeta.
Pero no todo fue malo, al menos eso pensó en su momento el columnista Ricardo Silva Romero cuando publicó en la Revista Soho lo siguiente: “Creo que Diosnos dio el humor negro para habitar el mundo. Sospecho que no premia a aquellos personajes oscuros que emprenden guerras en su nombre o a esos ejecutivos que viven del miedo de los otros. Y que en cambio susurra -en la ducha, en la calle, en los silencios- ideas para sátiras brillantes que nos salven de la masificación”.
Quizá uno de los caminos para encontrar posiciones críticas en medio de la confusión, se halle al revisar las "pequeñas" novedades que hicieron particulares y ambiguos a los años 90.
En el campo de la ciencia, la Nasa puso en órbita en 1990 el telescopio espacial Hubble, calificado como el más grande de su tipo desde la época de Galileo, que más tarde resultó ser un fiasco muy costoso. Después, en 1997 un grupo de científicos escoceses encabezados por el Dr. Ian Wilmut anuncio la primera clonación de un mamífero adulto –la oveja Dolly–, animalito que luego experimento un envejecimiento prematuro.
Como hecho anecdótico, en 1997, unos de los mejores ajedrecistas de la historia, el ruso Gary Kasparov, tuvo que tragarse su orgullo y aceptar que fue derrotado por la computadora Deep Blue de IBM.
Del mismo modo, la última décadadel siglo XX amplio la cobertura de la Internet, cuyo alcance aún no ha sido evaluado con claridad, pero que sin lugar a dudas aportó mecanismos de comunicación instantánea como el Messenger.
De otro lado, la cultura “noventera” gano popularidad a través disciplinas artísticas como literatura, música y cine. Como olvidar los libros de Saramago, la música grunge y películas como Pulp Fiction, que nos hicieron pensar en nuestra inestabilidad.
No soy un fanático que odia el presente, pero de alguna forma todos permanecemos anclados a los oscuros años 90. Solo basta ver como la conformidad es una constante, mientras nos atados a un sucio estilo de vida comprado por el cinismo que aprendimos en el pasado. Es doloroso pero real…

En un intento por disipar el calor de mi cuarto, imagine que el lugar era una especie de globo siniestro a punto de ser derribado por mi conciencia. Aunque mi fantasía fue breve, me hizo pensar en la importancia de saber utilizar la imaginación en tiempos donde todo parece estar creado.
Creer en lo imposible es, por momentos, mejor que visitar a un siquiatra; ya que es más cuerdo alimentar creativamente nuestra vida que creer en promesas hedonistas. La formula es simple: disfrutar de lo absurdo como lo hace un niño mientras el mundo fabrica sus propias pesadillas, lo importante es “imaginar con impunidad”.
Aunque la imaginación humana puede ser un terreno óptimo para la experimentación, casi siempre se ignora que a diferencia de las quimeras de la fantasía ociosa, conjeturar es un oficio que facilita la trasformación de la vida. En este sentido, Schopenhauer se atrevió a afirmar que: "la tarea no es tanto la de ver cosas que nadie ve, como la de pensar cosas nuevas, no sobre lo que todos han visto…".
Sin embargo, los problemas llegan cuando encontramos a un vagabundo que disfraza las calles que frecuenta con su relato personal, trasformando de paso su tristeza en gozo. Nada más arriesgado para nuestros corazones sedientos de pequeñas victorias, que celebra hasta el perro de nuestra casa.
En este contexto de espejos rotos, quien se atreve a cavilar algo diferente es considerado como un inútil, que no soporta su propia realidad. Tal vez algo así impulso hace un par de años a William Ospina a publicar en la Revista Cromos un ensayo titulado “Pedir lo imposible”, un texto lleno de verdades donde el escritor tolimense explora la fragilidad humana y deja claro que es necesario: “detener con nuestra imaginación, con nuestro esfuerzo, con nuestra fe, con nuestras oraciones, con nuestra música, con la infinita posibilidad de actos creadores que alientan en nuestro corazón y en nuestros brazos, la marcha de los potros de la destrucción, las máquinas inerciales del lucro, las guerras de la infamia y las de la necesidad, las pestes y las depredaciones que siguen suspendiendo su amenaza sobre el tejido de civilización, que a veces parece tan exquisito y tan frágil como una tela de araña”.
Pese a lo anterior, hemos perdido la capacidad de crear, ese delirio poco comprendido, que nos permite ser dueños de nuestro destino, sin olvidar los limites de lo humano. En otras palabras, es más divertido y barato pecar que renovar nuestro entendimiento.
La moda, por ejemplo, se nutre de la incapacidad por desarrollar nuevas experiencias culturales, al igual que lo hace una mujer mientras se prueba el vestido de bodas que utilizó su madre, mucho antes que el mundo existiera para ella.
Con relación a la creatividad, la científica Ilya Prigogine asegura que: “las leyes de la naturaleza expresan sólo posibilidades o potencialidades, que puede incluir a la creatividad. Ya que pueden aparecer cosas novedosas como reptiles que vuelan o mamíferos que viven en el mar. Naturalmente, en la historia de la humanidad, tenemos distintas civilizaciones o personas excepcionales como Mozart o Miguel Ángel. Por lo tanto existe una especie de tendencia general de la vida a la novedad”.
Otro escenario donde dichas probabilidades se evidencian es la literatura. Por ello, Fabiana Sacnun insinúa que es necesaria una poética de las multitudes, “un arte de decir y expresarse más allá de los estados de sitio... allí donde la imaginación no puede ser sitiada ni colonizada, la multitud escribe su historia, que nunca es la historia del espontaneísmo, sino la abierta creación de lo que en las raíces del deseo y en el centro de las desesperaciones se ha ido entramando, espacio que no habla con la voz inteligible un texto, sino con la variada mixtura de la metáfora y su multiplicidad interpretativa”.
En todo caso, la imaginación no depende de la realidad o las circunstancias. Es una facultad que moldea conductas y recrea pensamientos. No obstante, dicha naturalidad puede ser desplazada por la conformidad, el tedio y la incredulidad, estados que hacen de la vida un libreto mal escrito. ¿Es posible hacer algo? Yo, por el momento tomo una bolsa de mareo y espero que la temperatura de mi habitación baje, lo demás es fantasía…